
Luego de la exaltación, escribo:
Todo el camino escucho «crimson and clover» y «this charming man». Vengo en la última micro. Hay un tipo delante mio y está todo arreglado estilo "semi-oficinista". Con la correa del celular pegada al cuello -asfixiándolo- y con esa fea camisa. Atrás, por debajo de la nuca, seguida de la correa azul eléctrica que le rodea el cuello, hay una hilacha color negro -tiene una hilacha alojada en la espalda-. Me dan ganas de sacársela -arráncarsela-.
Pausa. Pienso en cómo se la quitaría, en qué me diría él. Probablemente yo lo haría de mala gana. Él, después de sentir el roce, sonreiría. La misma sonrisa que tenía, a mis espaldas, en el paradero. Veo la imagen: nosotros dos mirando las micros pasar -decadencia-.
Pausa, suena el timbre. Se baja una parada antes que yo. Lleva la hilacha a cuestas. Recuerdo: tenía los ojos verdes (de esos que me cargan) y el pelo rubio-castaño y en la cara la mala apariencia de pubertoso que le daban las manchas del acné que tuvo en su adolescencia -horribles nostalgias-. Lo más atractivo fue la barba-recién-afeitada. Ni su sonrisa, ni su nariz.
Timbre. Me bajo y cruzo mi mirada con el drogadicto de siempre y un sentimiento de HO-GAR me recorre -me ahoga-. Por fin llego a casa, estoy en casa. Mi tata me recibe. Mi tata vive en macul.