Ahora que conocí su rostro, que reconocí en él las facciones inventadas, los rasgos imaginarios, el pelo castaño, me doy cuenta de qué fácil me hubiera enamorado de él. Pero ahora está viejo —tiene 46— y con familia e hijos y todo y sigue siendo un enfant ABC1.
Ahora que supe quién era. Antes jugaba a imaginármelo, toparme con él en las calles, vagando, leyendo revistas en inglés. ¡Pero si todos son capaces de engañar! De reproducir en ellos lo que no son. Mentir en el nombre y —peor— transformarse en seres ficticios sacados de libros de bolsillo de los que yo acostumbro a leer.
Me apestan los ABC1, tipos que se juran todo por tener tres letras y un número. Que te dan el teléfono al revés y escuchan —y usan poleras de— caída libre, etc.
Ahora que supe quién era. Antes jugaba a imaginármelo, toparme con él en las calles, vagando, leyendo revistas en inglés. ¡Pero si todos son capaces de engañar! De reproducir en ellos lo que no son. Mentir en el nombre y —peor— transformarse en seres ficticios sacados de libros de bolsillo de los que yo acostumbro a leer.
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