Y caminas por las calles y lees todas las palabras escritas al revés. Y el sol te resbala por la piel mientras los semáforos explotan. Te desequilibras por un momento entre la vereda y la verma y caes a la tierra. Tus rodillas se impregnan de polvo. Te levantas y no te limpias. No te interesa. Sigues andando por la Alameda, rehuyendo de las sombras de los árboles, de los grandes edificios azules.
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