Hace como diez días no te conocía.

Saturday

niña tonta

Estos días han estado revueltos, con lo del fin de semana musical donde no te pude encontrar y con la fiesta del viernes donde no pude parar de bailar y arruiné “lo que teníamos”, pero realmente no sabía lo que teníamos.

Mi viernes parte así, con clases a las 8.30 de la mañana, con un frío espantoso salgo con mis shorts a tomarme las micros que me llevan siempre a donde no quiero ir. Estaban mis amigos esperando en el pasillo gris, desde la puerta se colaba la luz incandescente que alumbraba la sala número 3. Entramos y nada es muy sorprendente, no había nadie. Las horas pasaron en calma hasta que la clase finalizó, aunque reconozco que el tener que hablar de mí desde la experiencia de mi hermana chica fue conmovedor, me emocioné y por supuesto me puse nerviosa y hablé rápido y nadie debió haber entendido nada.

Me devolví a Cerrillos, con deseos de que fuera tarde, con unas ganas inmensas de verte ese día y el sábado y el domingo. Me vestí con la ropa que había elegido unos días atrás, me veía bien, pero sabía que las pantys negras de red me sofocarían hasta bien entrada la noche, pero nada de eso importaba, me quería divertir. De vuelta a andar en micro, ¿destino? Beaucheff.

Llego a Rondizzoni, nada del otro mundo, ruta de todos los días para llegar a cualquier parte. Toco el timbre, se abren las puertas, me bajo, corro por la tierra sin vereda, luz verde, entro a la construcción que me entrega sombra, pago y me voy al final del largo andén. Todo pasa por mis ojos sin darme cuenta, soy una autómata en este tipo de cosas. Sólo logra desconcentrarme el cambio de canción repentino que ocurre en mis oídos, contesto y son las niñas, les digo que dónde estoy, no saben, no me entienden, “me falta poco”, les digo y cuelgo. Llega el vagón inmenso, repleto de gentes que no me gustan. Subo sin importar lo lleno que pueda estar o lo mucho que pueda molestar mi presencia en ellos. Parque O’Higgins, bajo y corro por las escaleras, me encanta correr, ¡Dani! Escucho de repente, eran las niñas y Pamplinas que aguardaban mi llegada en la Boletería, voy hacia donde están ellos y nos encaminamos fuera de la estación.

El sol afuera quema, y el parque está cerrado, lo que me da pistas de que el día siguiente será de lo mejor. Me fijo que las letras de globo blanco que afirmaban que el día había llegado, no están donde yo las había visto hace unas horas al interior de la 507. Ya no se leía ese pomposo nombre que era la excusa para el fin de semana perfecto rodeada de amigos, música y tu.

La calle Blanco Encalada parece un éxodo de estudiantes sedientos de diversión relajo y mucho trago. Paso mi botella de pisco por entre la reja que divide al campus y la vida real, la recibe una compañera que lleva una carga más o menos grande de provisiones para ir entibiando un poco más el cuerpo. Al interior me esperan mis amigos, nos ubicamos en un pasto con barro y nos ponemos a conversar y a pasar el rato hasta entrar definitivamente a la calle resguardada con rejas, donde se suponía empezaría realmente el día.

Caminamos por Beaucheff hacia Tupper, mis amigas gritan: “ahí esta Camilo, ahí está Camilo”. Yo no lo veo, hay mucha gente y sólo cuando se acerca a saludarnos lo distingo. Me da un beso en la mejilla, “como a todas”, pienso. No lo veo más. Entramos y nos sentamos en la mesa donde están los demás. El ambiente es deplorable, instantáneamente siento una sensación de que no debí haber pagado por estar aquí. Se vuelve de noche rápido y las cumbias no son de mis favoritas como para soltarme las trenzas como se suponía que lo haría. Se venía peor. Uno de Antumapu, dos más de Antumapu, cinco, todo el grupo y entre ellos está él. Mi ex que está igual que siempre pero que no produce nada más en mí que una incomodidad incipiente. Lo quiero saludar, mis amigos me detienen, desaparecen. Vamos a bailar, no quiero tomar más. Cae la noche, aparece Camilo, se acerca y se aleja, no entiendo nada. Pero nunca entiendo nada con él. Boric, la Tuki se toma una foto con él gracias a los contactos del Camilo. Chao Camilo.

Aparece el ex nuevamente, ahora sin pensarlo voy y le tiro del brazo, nos saludamos, hablamos trivialidades, todo el grupo se acerca, me abrazan, se van. “Chao Hana”, “cuídate Dani”. Se terminó. Voy a bailar y la música sigue siendo mala. Nos vamos, por fin, nos vamos. En el metro se nos ocurre pasar al Dalai Lomo. Papas fritas, muchas papitas fritas con ketchup, que no me gusta y con aliños, pimienta, merkén, etc. Vámonos a la azotea, digo y llegamos a la casa de Woody. Woody, Woodie Allen, ya no sé. Me dicen que Camilo llega a las tres y son como las una. El ambiente no está listo, comienzan a subir los parlantes y a enchufar todo el cablerío.

Comienzo por un vaso con jugo de frutilla y tequila que me convence por el color. De un viaje ya no está, “¿qué me pasa? Yo no soy así”, pienso en voz alta, “quiero otro”. Un vaso, dos, tres, creo que cuatro, aunque este último no me lo termino yo, sino que Pamplinas me lo quita y se toma más de la mitad, me lo devuelve vacío, me mira y me dice: “había que hacerlo”.

Me paro y siento el efecto, las luces de navidad que cuelgan me marean y me gustan y me divierten. Escucho risas y gente feliz pero engrupida, en esa volá “wanna be hipster” que a Camilo y a mí nos carga. La Rojo me lleva abajo, a la casa de Woody, nos vamos a acostar. Ding dong, suena el timbre, “es Camilo” digo sin pensar, salgo corriendo a la ventana, la Rojo baja abrirle la puerta, era él, lo veo y me ve. Me tiro de guata en el sofá. Veo las siluetas subiendo por las escaleras entran y la Rojo está chata y se va a dormir. Camilo me pregunta que qué me pasa, no le digo nada, la Rojo sale, intenta sentarme, creo que lo logra, Camilo sube a la azotea. Me quedo con la Rojo que me dice que me vaya a dormir con ella. No quiero, yo quiero estar con Camilo. Subo a oscuras y como puedo las escaleras, llego y lo veo de espaldas tomándose algo, le tiro la mochila y lo acerco hacía mí, nos sentamos y no hablamos de nada, de nada que yo me acuerde. “Me carga cuando la Chochi se pone así”, me dice de repente. “¿Así cómo?, le pregunto.

“Así po, tan engrupía, con esos loquitos que se creen de otro planeta. Me carga esa volá. Javiera Mena po, ná que ver”. Le digo que ella la pasa bien aunque a mí también me cargan esos personajes que ríen y toman al son de El Guincho, aunque a mí me guste esa canción.

Bajamos, nos sentamos en el sillón, pasa la Paula y nos dice: “que romántico”, se va. A mí me gusta lo que dice, el Camilo permanece callado. Le empiezo a “dar jugo”, como me dice él. Me levanto y salgo de la casa, bajo las escaleras y en el descansillo me siento. Veo el reflejo de la ventana. Se abre la puerta, sale el Camilo en dirección a la azotea, sube casi corriendo las escaleras, me pongo a reír. Pasa un rato, de nuevo suenan pisadas que se vienen acercando. Lo veo nuevamente en el reflejo de la ventana, esta vez llega hasta mí. Me toma de la mano y me dice “vamos”. Volvemos al living y me dice que me tengo que acostar y que él se tiene que ir. Le llega un mensaje de texto. “Ta’ Chinoy en mi casa”, me dice exaltado. A mí me da lo mismo, me carga Chinoy. Le pido que me abrace, lo hace. Me repite que se tiene que ir, le digo que me quiero ir con él, me dice que no, que “dejémoslo pa’ otra vez… y que sea más lindo”. Me derrito por dentro. Me da un beso en cada mejilla y uno en la boca, se lo respondo, unos tres más. Me doy la vuelta en dirección al baño y siento como se cierra la puerta de calle. Me acuesto al lado de la Rojo y le digo que me encanta el Camilo. La Rojo me dice que me duerma, que mañana nos toca el Lollapalooza. Pienso en mañana y que nos podríamos ver, no pienso en nada y me pongo a dormir.

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