Debe de haber sido por mi edad y por cómo me enfrenté a la trilogía, que mientras trascurría me iba desencantando de la historia. Es que claro, tengo 21 y caí enamorada del Jesse-James (Ethan Hawke) que se baja en Viena, y también del Jesse que pierde el avión, pero ya en su tercera entrega la cosa se pone fea. Soy joven y el paso del tiempo me aterra. Eso es lo que concluí luego de ver la última del director Linklater, pues no me fascinó tanto como pensé que lo haría.
Partí viendo Antes del Amanecer un lunes por la tarde. Entremedio llamé a mi ex –a quien no le escuchaba la voz hace como un mes– y terminé repitiéndome el plato. La vi dos veces seguidas esa noche. Luego vino el jueves y mi papá me grabó la segunda parte del cable, porque me tocaba U en la mañana. De nuevo llegó la tarde y me embarqué en el París de sus nueve-años-después. No podía creer que Celine (Julie Delpy) no haya llegado a los seis meses a encontrarse con el personaje de Hawke. No lo acepté de buenas a primeras, pero de otra forma no había explicación para hacer la secuela tantos años después.
Fue doloroso y a la vez maduro enfrentar a esta pareja-que-no-fue. Era lindo y abrumador ver a estos dos no-tan-jóvenes contarse la vida en minutos, y hablar de ellos mismos con la naturalidad de unos amigos de siempre. Reconozco que el final me mató. Muy sensual, muy prometedor, muy atractivos ambos en su papel de amantes. Luego fue viernes y me armé el panorama de ir sola al Biógrafo (segunda vez que voy a ese cine), y hace mucho que no iba sola a ver una película. Esa era la Daniela de antes (¿qué le pasó? ¿acaso ya volvió?). Distinta era la que se enfrentaba otra vez a esta historia de amor: ¿Qué habrá pasado? Obvio que se quedan juntos.
Partí viendo Antes del Amanecer un lunes por la tarde. Entremedio llamé a mi ex –a quien no le escuchaba la voz hace como un mes– y terminé repitiéndome el plato. La vi dos veces seguidas esa noche. Luego vino el jueves y mi papá me grabó la segunda parte del cable, porque me tocaba U en la mañana. De nuevo llegó la tarde y me embarqué en el París de sus nueve-años-después. No podía creer que Celine (Julie Delpy) no haya llegado a los seis meses a encontrarse con el personaje de Hawke. No lo acepté de buenas a primeras, pero de otra forma no había explicación para hacer la secuela tantos años después.
Fue doloroso y a la vez maduro enfrentar a esta pareja-que-no-fue. Era lindo y abrumador ver a estos dos no-tan-jóvenes contarse la vida en minutos, y hablar de ellos mismos con la naturalidad de unos amigos de siempre. Reconozco que el final me mató. Muy sensual, muy prometedor, muy atractivos ambos en su papel de amantes. Luego fue viernes y me armé el panorama de ir sola al Biógrafo (segunda vez que voy a ese cine), y hace mucho que no iba sola a ver una película. Esa era la Daniela de antes (¿qué le pasó? ¿acaso ya volvió?). Distinta era la que se enfrentaba otra vez a esta historia de amor: ¿Qué habrá pasado? Obvio que se quedan juntos.
Me les quedé mirando las arrugas y pensando un sin fin de ideas románticas personales relacionadas con las hormonas masculinas que expelía un muchacho sentado en la fila tras de mí. Éramos pocos en la sala y las edades variaban desde los 20 -supongo- hasta los 80 años. Fui la primera en ingresar a la sala, la acomodadora me preguntó si había visto las dos anteriores. Respondí afirmativamente y con una gran sonrisa, por haber hecho bien mis deberes cinéfilos. No hubiera habido forma de que yo entrara a ver Before Midnight sin haber visto las dos anteriores. Soy estricta en este sentido.
A medida que pasaban las escenas, las locaciones, los distintos idiomas que conviven dentro de la cinta, yo me iba encantado cada vez más de la idea de un amor duradero y que prevalece en el tiempo. Pero las discusiones también me despertaron miedos muy profundos y arraigados en mi niñez: las discusiones de mis padres. No hay manera de que olvide la –para mí– extraña relación de amor-y-odio que comparten mis papás desde hace mucho.
Cerré los ojos al final, perdiéndome así la última línea de la película. Creo que fue Celine la que habló. Tendré que esperar que salga el DVD pirata o la den por el cable para poder cerrar al fin un ciclo que, según mis conclusiones, vi demasiado rápido. En cinco días exactamente.
El '95 tenía tres. El 2004 tenía doce y ningún interés serio por el cine, además de Brad Pitt y las cintas infantiles. El 2013 tengo 21 y muchas películas en el cuerpo. No recuerdo bien cuando fue mi transición de cine comercial a cine de interés –personal, en ningún caso especial–, ni cuando empecé a formar obsesiones en cintas, actores, directores, personajes, canciones –especialmente soundtracks– y hacer listas de aquello. Tengo una libreta pequeña muy preciada (que solía ser de Hello Kitty, pero que cubrí afanosamente con cuadritos de colores) donde he anotado todas las películas que alguna vez he querido ver y tachado las ya vistas. La lista nunca se acaba, no hay vez que no logre faltarme otro clásico por ver, otra de culto que admirar, otra refrita con qué reír.
A medida que pasaban las escenas, las locaciones, los distintos idiomas que conviven dentro de la cinta, yo me iba encantado cada vez más de la idea de un amor duradero y que prevalece en el tiempo. Pero las discusiones también me despertaron miedos muy profundos y arraigados en mi niñez: las discusiones de mis padres. No hay manera de que olvide la –para mí– extraña relación de amor-y-odio que comparten mis papás desde hace mucho.
Cerré los ojos al final, perdiéndome así la última línea de la película. Creo que fue Celine la que habló. Tendré que esperar que salga el DVD pirata o la den por el cable para poder cerrar al fin un ciclo que, según mis conclusiones, vi demasiado rápido. En cinco días exactamente.
El '95 tenía tres. El 2004 tenía doce y ningún interés serio por el cine, además de Brad Pitt y las cintas infantiles. El 2013 tengo 21 y muchas películas en el cuerpo. No recuerdo bien cuando fue mi transición de cine comercial a cine de interés –personal, en ningún caso especial–, ni cuando empecé a formar obsesiones en cintas, actores, directores, personajes, canciones –especialmente soundtracks– y hacer listas de aquello. Tengo una libreta pequeña muy preciada (que solía ser de Hello Kitty, pero que cubrí afanosamente con cuadritos de colores) donde he anotado todas las películas que alguna vez he querido ver y tachado las ya vistas. La lista nunca se acaba, no hay vez que no logre faltarme otro clásico por ver, otra de culto que admirar, otra refrita con qué reír.
Ha sido chocante darme cuenta de quién soy ahora por medio de las películas que veo y el tiempo que invierto en ver películas, en comparación a la yo de antes y las películas que veía y el tiempo que invertía en ellas. La vida pasa y con ella el tiempo. No puedo negar que los años han pasado por mí, pero así también lo han hecho las películas, los libros, las canciones y los lugares que yo considero de-mi-vida.
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