No me gustan las cosas inconclusas, aunque tu siempre fuiste un inconcluso. Tú me gustas pero si yo te repelo no hay nada que hacer. Te quería ver, no para admirarte —como antes— sino para contarte lo que me pasó, ojalá para escucharte y hacer las pases. Porque tu eres amigo de mis amigos y me carga la barrera que hay entre nosotros, la que pusimos hace tiempo y que no estoy dispuesta a soportar. Me gustaste sí, te gusté, yo creo que sí. Te asusté, así lo llamo yo: asustar. Yo no quería vivir el fin del mundo contigo. Sigo creyendo —ahora más que nunca— que me gustas porque te ves viejo, maduro —aunque no lo seas—. Esas arrugas y tu modo serio de ser casi-siempre, porque todavía no me olvido de los días cálidos que tuvimos. La imagen de padre que yo tengo borrosa tal vez me la estabas entregando tú. Yo puse todas esas fantasías en ti, y cuando me arropaste la última vez para que dejara de tiritar fue lindo, y ahí pensé que nuestra relación era asimétrica y en mis sueños... incestuosa.
Sentirme tonta en tu presencia. Siempre me desarmas, lo haces. Y me siento inválida ante ti: siento que puedes hacer lo que quieras conmigo y yo no diré nada, y fue por eso que el jueves —el último jueves— yo no dije nada de nada porque atrasaste nuestro encuentro, ni porque no llegaste al metro, ni porque fuiste todo un antipático en cuanto a lo que "tuvimos" (si es que tu me crees ese "tuvimos"). No lloré, nunca tan tonta. Pero el dejarnos así tan de pronto, el alejarnos como si no existiéramos el uno para el otro me hacía pensar... y en medio del olvido, creí haberte superado hasta que supe que venía este viernes y volvería todo a mi cabeza, y volvió. Y supe de tu pelo corto y de verdad me sentía morir. Me acordé de todas las veces (de esas pocas veces que nos vimos) donde te decía que te cortaras el pelo —pronto—. Y estabas ahí y el saludo y tu voz tan cerca de mi oído y tu flacura que me encanta.
Mis fantasías revueltas en mi estómago y más abajo. Pensé quizá que en algún momento te acercarías ha hablar. Pensé también que no te interesaba ni un poquito aquello y que sí te interesaba otra niña tonta para tu colección de niñas tontas. Sí, yo fui muy tonta a tu lado. Sé que me haces mal, lo sé y por eso trataré de remendarlo, sacarme todos los gratos pensamiento —y los malos por sobre todo— que tengo acerca tuyo y los guardaré muy en el fondo, para que alguna vez cuando seamos más viejos nos reencontremos y ver qué pasa.
A veces (pocas veces) pienso en que tú sentiste mucho miedo: que te gusté demasiado (me gusta ese pensamiento), pero no te conozco tanto como para saber qué rayos tienes en el interior. Es una suerte que no nos viéramos más de ninguna forma y en ninguna parte del gran Santiago que tiendo a recorrer. Cuando estábamos los dos en el mismo colchón después de tanto tiempo —como un mes—, yo quería desaparecer, no sé si tiritaba por el frío o por ti o por ambos. No te culpo de nada, fui yo la que se buscó todo con un tipo como tú.
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